Los animales silvestres hacen parte del acervo cultural de las comunidades del Caribe colombiano, donde han sido utilizados históricamente como mascotas, ornamentos, trofeos, medicinas, fuente de alimento e ingresos, y como inspiración artística y religiosa1. En la actualidad, su sobreexplotación amenaza el equilibrio de los ecosistemas, así como el desarrollo cultural y material de las comunidades humanas que habitan la región.
Trabajos recientes en el departamento del Magdalena1 permitieron identificar 67 especies utilizadas para consumo, comercio y tenencia como mascotas. Estos resultados concuerdan de manera general con los usos de la fauna documentados para el Caribe. Algunas especies, como el armadillo, el ñeque y el venado, son muy apetecidas por el sabor de su carne y su valor nutricional2. En el caso de la babilla, la hicotea, la iguana y los morrocoyos, el consumo está asociado a tradiciones religiosas como la Semana Santa, durante la cual pasan a ser ingredientes de recetas típicas, como alternativa a la carne roja3,5. Finalmente, especies como las guacamayas y los micos maiceros han demostrado ser buenos animales de compañía tanto en zonas rurales como urbanas, debido a su carácter carismático.
La fauna silvestre también provee insumos para la fabricación de artesanías, una práctica a través de la cual los animales sirven de inspiración para representar simbólicamente elementos culturales asociados a la identidad o el territorio. Por ejemplo, al ingresar a muchas viviendas en zonas rurales, no es raro encontrar decoraciones como caparazones de tortugas, astas de venado, pieles, colmillos, plumas y animales enteros disecados. Algo similar ocurre con especies como la serpiente cascabel o el guácharo, asociadas a tratamientos médicos y usos terapéuticos como parte de tradiciones culturales de larga data.
Reconocer el papel que desempeña la fauna silvestre en términos culturales y económicos para las comunidades de la región, así como identificar aquellas especies de especial interés, podría ser la clave para encontrar soluciones a fenómenos como la caza indiscriminada o el tráfico de especies. De esta manera, se abren oportunidades para preservar no solo la biodiversidad de la región, sino también las tradiciones culturales asociadas a ella.