Las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes del Caribe colombiano enfrentan transformaciones estructurales que amenazan la provisión de alimentos. Esto ha sido consecuencia de factores tensionantes, como la concentración de tierras, la reconfiguración del uso del suelo, el conflicto armado y los impactos crecientes del cambio climático. La respuesta de las comunidades ha sido resolver problemas situados mediante saberes tradicionales, técnicas agrícolas adaptativas y prácticas de cuidado como alternativas que combinan la producción y la conservación de ecosistemas. De esta manera, se ha impulsado el desarrollo de sistemas alimentarios diversificados, así como innovaciones en las técnicas de cultivo y el manejo del agua, que dan cuenta del conocimiento local y del vínculo de la gente con el territorio.
Los paisajes del departamento de Sucre son el reflejo de una memoria biocultural que ha moldeado formas de habitar y gestionar el territorio. Entre zonas costeras, áreas montañosas y planicies inundables, se encuentran mosaicos productivos que aseguran no solo la provisión de alimentos, sino también el mantenimiento de servicios ecosistémicos fundamentales para el bienestar de las personas. Montes, parcelas, caños, patios, huertas y jardines se han convertido en fuentes esenciales de comida, agua, leña, semillas, medicinas e insumos para la construcción, así como escenarios para el desarrollo de la cultura local.
La agrobiodiversidad también ha fortalecido las relaciones socioculturales, que se expresan a partir de un intercambio dinámico de prácticas y productos entre quienes recolectan, cultivan, pescan, cocinan, tejen, transforman y comercian. Asimismo, persisten diálogos intergeneracionales en torno a saberes y técnicas tradicionales que mantienen vivas diversas herencias culturales a través del conocimiento y la gestión de calendarios agrícolas adaptados a la estacionalidad y la disponibilidad de recursos.
Este vaivén de ideas y productos se refleja en los ecosistemas culinarios, representando tanto la riqueza étnica y cultural de los pueblos que habitan el Caribe como su diversidad biológica. En ellos es posible rastrear qué conocimientos y prácticas de uso de especies locales, que hacen parte de la memoria biocultural, han permitido a las comunidades enfrentar los desafíos socioecológicos de la región. Prácticas adaptativas, el diseño de arreglos productivos diversos, el manejo y consumo de alimentos de temporada o la gestión adecuada de desperdicios, son formas de gestión de la biodiversidad que resaltan la importancia de los saberes locales y las tradiciones, para promover el bienestar humano, fortalecer los medios de vida y conservar los socioecosistemas que caracterizan al Caribe colombiano.