Los agroecosistemas son unidades del paisaje que resultan de la interacción entre dinámicas socioeconómicas y ambientales, capaces de articular la producción de alimentos y la gobernanza territorial, lo cual se refleja en el bienestar de las comunidades1,2. En ese sentido, los sistemas agropecuarios y las prácticas de manejo sostenibles que los definen no solo configuran paisajes productivos, sino que también ofrecen oportunidades para la protección de ecosistemas clave, actualmente sometidos a múltiples amenazas y procesos de transformación acelerada.
Un ejemplo claro de ello es el caso de los Montes de María, ubicados entre los departamentos de Bolívar y Sucre. Allí se encuentran agroecosistemas con distintos grados de complejidad, definidos por su estructura y diversidad de especies, que a su vez condicionan las interacciones biológicas y socioculturales que sustentan las prácticas de manejo. En las dos últimas décadas, diversos proyectos centrados en la gestión territorial y la conservación de la biodiversidad han promovido un modelo de arreglos productivos conocido como la finca montemariana3. Este modelo combina el cultivo de especies alimenticias, maderables y medicinales con la conservación de áreas de bosque.
Estas iniciativas han contribuido a la conservación de importantes relictos de bosque seco tropical, uno de los ecosistemas más amenazados del país, mediante una red de agroecosistemas agrosilvícolas y silvopastoriles de alta complejidad. Esta diversidad estructural y funcional da lugar a paisajes socioecológicos más resilientes y eficientes, en los que procesos ecosistémicos clave —como el ciclaje de nutrientes, la polinización y el manejo de plagas— operan de forma más efectiva, favoreciendo así la productividad y sostenibilidad de los sistemas agrícolas.
De esta manera, las fincas montemarianas no solo ofrecen una mayor diversidad de alimentos, medicinas, herramientas y otros bienes, sino que también permiten alcanzar un equilibrio entre la conservación y el uso del suelo. Los agroecosistemas presentes en los paisajes de los Montes de María constituyen, por tanto, un modelo de uso productivo sostenible que reduce la dependencia de monocultivos, dinamiza los mercados locales y fortalece la identidad, la gobernanza y la riqueza biocultural de los bosques secos en la región Caribe4.
Fortalecer y replicar este modelo representa una valiosa oportunidad para mitigar los riesgos asociados al cambio climático y la pérdida de biodiversidad, al tiempo que se promueven territorios más equitativos, adaptados y sostenibles frente a las dinámicas socioculturales.