El crecimiento histórico de las poblaciones humanas en el Caribe ha supuesto un aumento considerable en el uso de recursos naturales y en los procesos de transformación del territorio1. Esta tendencia ha motivado el desarrollo de estrategias de conservación, como la declaración de áreas protegidas gestionadas por el Sistema Regional de Áreas Protegidas (SIRAP) Caribe, con el objetivo de evitar que las actividades antrópicas generen pérdidas de biodiversidad en ecosistemas estratégicos.
Con una tercera parte del territorio nacional (20 % continental y 80 % oceánico), el SIRAP Caribe es uno de los sistemas de áreas protegidas más extensos de Colombia. Dentro de sus límites, las áreas protegidas de orden nacional continental representan el 16,6 % del total de áreas protegidas en la región y un 93,6 % de la extensión declarada en el Caribe. Por su parte, las áreas protegidas regionales y las de la sociedad civil comprenden el 83,4 % del número de áreas protegidas del Caribe continental, aunque solo abarcan un 6,4 % de la extensión total de la región.
El análisis de los cambios en las coberturas naturales dentro de las áreas protegidas del SIRAP Caribe continental revela una disminución significativa de la cobertura boscosa entre 1985 y 2023, con una remanencia por debajo del promedio nacional. Una tendencia similar se observa en zonas externas a las áreas protegidas del SIRAP, donde también han disminuido las coberturas naturales. Aunque la conectividad ecológica2 ha aumentado marginalmente (2,5 %), sus efectos positivos ecológicos han sido opacados por la fragmentación resultante de la pérdida de cobertura natural. En este sentido, se observa una reducción del 30 % en el tamaño promedio de los parches de cobertura natural y un aumento del 33 % en el número de parches, en el mismo periodo.
El reciente incremento en el número de áreas protegidas, junto con su limitado aporte a la extensión y representatividad ecosistémica, así como el escaso aumento de la conectividad, sugieren que la declaración o ampliación de áreas quizá no sea la manera más efectiva de conservar la biodiversidad. Se requieren, en cambio, procesos de restauración de corredores ecológicos, especialmente en paisajes productivos funcionales que contribuyan a la conectividad entre áreas protegidas. Enfoques como el land sharing3, basados en la coexistencia de áreas naturales protegidas y zonas productivas, podrían aportar significativamente a la discusión sobre las estrategias más eficaces para la gestión integral de la biodiversidad. Este tipo de iniciativas permitiría transitar hacia actividades productivas que incorporen acciones de conservación. Por ello, es fundamental que los incentivos ambientales incluyan aspectos sociales, económicos y ecológicos como base para promover economías sustentadas en el uso sostenible de la biodiversidad y alineadas con los intereses de las comunidades de la región4.